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miércoles, 24 de febrero de 2010

THE HEART OF SATURDAY NIGHT (Tom Waits) by Bryan Klett



Acerca de los discos que se comentan en el blog, uno puede ver que a varios se les ha puesto algo así como una etiquetita, misma que sugiere el momento para escucharlos o la combinación de emociones ideal para acercarse a ellos. Esto no me parece para nada extraño, pero ninguno hasta el momento se nos había adelantado a colocarse la etiqueta desde su título; ciertamente “Fine and Mellow” y “Keep it simple” dicen bastante de su construcción musical, pero el corazón de la noche del sábado es el que bombea la condición anímica y contagiosa de ese saco de carne y humo denso, el decadentista Tom Waits.
Quizá llegar a casa en la madrugada del domingo con aliento a alcohol y mirada de satisfacción cansada sea el punto en que las evocaciones de jazz y blues con dejos del folk sureño apuntan hacia una actitud melancólica, o no; pero no importa cuánto nos procuremos la compañía del fin de semana, o el descanso o una destrucción absoluta del cuerpo, lo cierto es que agazapado en la noche salta de su escondite el regodeo de la nostalgia y nos habita de momento, cuando el largo vaivén de la fiesta se tranquiliza o cuando lavamos los trastes de la cena.
Hoy, acaso el destino, quiso que fuera sábado. Antes de darme cuenta ya estaba la luz apagada y tenía un cigarro apretado entre los labios.

sábado, 19 de diciembre de 2009

Ben Harper (The best so far)


Los alivios que duelen son palabras, rostros, ciudades, despedidas como puños pegando a la garganta, silencios cuando no se necesitan. Duelen, y sin embargo salvan.
Uno puede reconocer aquello que llaman buenaventura, siempre y cuando, haya probado las condiciones del fracaso, no el duradero (ojalá ése lo sufrieran pocos), sino el otro, el de 5 o seis veces al año. El que no ha matado nunca a nadie, pero le da pautas para reconocer ciertas diferencias entre lo bueno y lo malo, respecto al presente. Aquellos referentes son fácilmente identificables porque se parecen a una cicatriz que tardó tomar la forma que el tiempo tenía reservado para ella.
Este disco de Ben Harper sabe un poco a eso, entra por los oídos y se va a estrellar con la boca del estómago, por dentro, con esos cuchillos que duelen, salvan.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Preguntas

¿Qué es lo que propicia que un paseante que no sea pintor ni se dedique a ninguna cuestión visual, se meta a una galería y que encima pase más de 30 minutos ahí dentro, viendo las obras expuestas? Y más aún ¿Qué es lo que lo convence de regresar un par de veces más para no olvidarse de ciertos cuadros? ¿Qué es lo que hace que la gente que no es músico se pueda interesar por cierto pasaje de un solo de jazz?
En fin. ¿Qué es lo que hace que el artista pase de ser el del cuadro tal, el de la canción tal, a ser alguien con un nombre propio en la memoria de su público?
No quisiera sacrificar estas preguntas ante el dictado tutelar de conceptos técnicos como el estilo y la vuelta de tuerca, en literatura; o la sonoridad, el ritmo y el fraseo, en la música. Como no estamos en una escuela, ni institución que avale tal o cual forma de pensamiento, ni esperamos la calificación o la aprobación de ningún jerarca del conocimiento, podemos establecer otra prioridad: esperar que las ideas de cada quien las entendamos todos. Por eso, he de responder a las preguntas de la siguiente forma: lo origina todo lo anterior es la onda.

Hay que entender a la onda.
Junto con la capacidad de una persona para poder elegir de quién enamorarse y de quién no, saber producir la onda resulta otra de esas cualidades utópicas que todo ser humano desearía.
La onda es intangible, irreconocible en términos científicos, pero perfectamente sensible; y puede estar en todas partes; desde contar un chiste hasta inventar un nuevo paso de baile o seleccionar una tipografía para un cartel.
Podría decirse que la onda es pariente del sentido común, aún más que de los conocimientos técnicos que uno tenga sobre tal o cual disciplina. Porque, claro, la herramienta importa, pero si se antepone aquello a la expresión final, entonces la cosa se vuelve académica y aburrida.
Por eso uno anda como los ciegos, buscando aquí y allá, tentando y saboreando sin saber a ciencia cierta lo que se tiene enfrente. Y en realidad, sin buscar tener esa lucidez sobre las cosas, al fin y al cabo, para un ciego como nosotros, el encanto del día a día es deambular en esa mezcla de encantos y desencantos que se cosecha en la oscuridad.